Es posible que no lo sepa, pero si usted tiene entre 40 y 65 años es muy probable que esté viviendo -o esté a punto de entrar- en lo que se ha dado en llamar “la etapa o generación sandwich”: presionada tanto por las necesidades materiales y emocionales de sus padres ancianos, como por las de sus hijos adolescentes o adultos jóvenes.
Cada vez hay más personas que se encuentran en esta etapa. Por un lado, los avances en la salud y la medicina han aumentado la expectativa de vida. Nuestros padres pueden vivir ahora hasta ochenta, noventa ó más años. Esto es maravilloso: los tenemos con nosotros mucho más tiempo. Pero casi siempre, con la edad viene también la fragilidad, la pérdida de capacidades y la pérdida de independencia. Por otro lado, nuestros hijos tardan más en independizarse económicamente y formar sus propios hogares. Es casi común ver a algunos hijos de veinte y ocho años –por decir un número- o más viviendo en la casa de sus padres, y dependiendo económica y emocionalmente de ellos.
“De repente mi mujer y yo nos hemos tenido que convertir en enfermeros, geriatras, oncólogos y hasta psicólogos” me dijo mi amigo Ernesto, un hombre de 53 años que tenía a su padre de 81 años enfermo de cáncer, viviendo con él en su casa. “Gracias a Dios tengo el apoyo de mi esposa; ella maneja los medicamentos y las auxiliares; mientras que yo manejo las visitas de los médicos, los tratamientos de quimio.” Con Ernesto y su esposa también vivían sus tres hijos. Es una suerte que Ernesto tenga una esposa e hijos para apoyarlo. Otras personas llevan el cuidado de sus padres prácticamente solas.
Son muchas las presiones que viven las familias como las de Ernesto. Por un lado, hay una presión económica muy fuerte, pues cuando alguno de nuestros padres ancianos enferma, el presupuesto familiar se dispara. La enfermedad del padre de Ernesto genera gastos por más de dos mil quinientos dólares al mes: “tuvimos que sacar a los dos muchachos grandes de la universidad privada, y entraron a trabajar uno en un call center y el otro en una firma de abogados”
Por otro lado, cuando se decide mudar al progenitor enfermo a la casa los problemas de espacio son muy fuertes: algunos hijos deben ceder su cuarto para recibir a uno o los dos abuelos ancianos, y eso trae falta de privacidad, incomodidad y cambio en las rutinas.
Finalmente, también está el cansancio crónico, los días sin descanso, la ausencia de tiempo para el esparcimiento y la vida familiar; la ausencia de tiempo para la vida en pareja, etc.
Pero quizás lo más difícil para Ernesto y para todos los que pasamos por esa etapa es probablemente ver como nuestros padres o madres, otrora fuertes, recios o independientes, que fueron el pilar de nuestras familias, son ahora unas personas débiles, frágiles o dependientes. Ver a nuestros padres envejecer hasta no poder valerse por sí mismos es muy duro psicológicamente hablando. Lamentablemente, algunos hijos o hijas adultos prefieren ignorarlo o dejar a sus padres ancianos al cuidado de terceros o de alguno de los otros hermanos o hermanas.
Es realmente una etapa difícil en donde las personas se sienten desgastadas. Seguramente por eso Dorothy Miller acuñó el término “Etapa Sandwhich”, viendo las personas que ella conocía estaban estresadas, agotadas y sin energía y como atrapadas en la mitad.
He aquí algunas recomendaciones concretas para manejar esta etapa de la mejor manera:
Por: Carlos A. Leiro P., Ph.D.